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10 nov 2013

Luis Cernuda: 1936


POEMA DE LUIS CERNUDA A UN BRIGADISTA
Pocos años antes de morir, como refleja Antonio Rivero Taravillo en su muy documentada biografía en dos libros de Luis Cernuda (Años españoles, 1902-1938, y Años de exilio, 1938-1963, ed. Tusquets), visitó el poeta una universidad de los Estados Unidos con objeto de leer allí algunos de sus poemas. Fue en ese acto, al terminar su recital, cuando Cernuda se encontró con un ex soldado voluntario de la Brigada Lincoln que lo vino a saludar con la emoción reverdecida por la evocación que los versos habían sembrado en su memoria. El poema se titula 1936 y dice así:
1936

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros,
cuando asqueados de la bajeza humana,
cuando iracundos de la dureza humana:
Este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.
En 1961 y en ciudad extraña,
más de un cuarto de siglo
después. Trivial la circunstancia,
forzado tú a pública lectura,
por ella con aquel hombre conversaste:
Un antiguo soldado
en la Brigada Lincoln.
Veinticinco años hace, este hombre,
sin conocer tu tierra, para él lejana
y extraña toda, escogió ir a ella
y en ella, si la ocasión llegaba, decidió apostar su vida,
juzgando que la causa allá puesta al tablero
entonces, digna era
de luchar por la fe que su vida llenaba.
Que aquella causa aparezca perdida,
nada importa;
Que tantos otros, pretendiendo fe en ella
sólo atendieran a ellos mismos,
importa menos.
Lo que importa y nos basta es la fe de uno.
Por eso otra vez hoy la causa te aparece
como en aquellos días:
noble y tan digna de luchar por ella.
Y su fe, la fe aquella, él la ha mantenido
a través de los años, la derrota,
cuando todo parece traicionarla.
Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa.
Gracias, compañero, gracias
por el ejemplo. Gracias por que me dices
que el hombre es noble.
Nada importa que tan pocos lo sean:
Uno, uno tan sólo basta
como testigo irrefutable
de toda la nobleza humana.

Tomado del blog: LA ESPINA ROJA

3 nov 2013

50 años del fallecimiento del poeta Luis Cernuda






Últimas tardes con Cernuda
Por : Eva Díaz Pérez  
www.elmundo.es   


Cernuda  en Misión Pedagógica en el Museo de Cuellar, Segovia.


Ya era de día, pero la luz del cuarto permanecía encendida. El cuerpo del poeta estaba en el suelo, vestido aún con su batín, el pijama, las zapatillas y al lado, la pipa y unas cerillas. La muerte lo había sorprendido intentando fumar. En la máquina de escribir había frases por terminar, anotaciones sobre el teatro de los hermanos Álvarez Quintero. Y en la mesita de noche, un libro de Emilia Pardo Bazán, Novelas y cuentos. Dentro del ejemplar había dos marcadores de página -uno con el David de Miguel Ángel y otro con el retrato de Francisco I por Tiziano- que desvelaban en qué página había quedado interrumpida la lectura.

Así encontraron a Luis Cernuda la mañana del 5 de noviembre de 1963 en su habitación de la casa de la poeta y amiga Concha Méndez con quien vivía el poeta malhumorado, el misántropo que, sin embargo, compartió con la escritora y su familia sus últimos años de vida en México, país que lo acogió durante su largo exilio. Fue Paloma Altolaguirre, hija de Concha Méndez y del también poeta Manuel Altolaguirre, quien descubrió el cadáver de Cernuda en el suelo de su cuarto. Subió pensando que le había ocurrido algo porque Luis Cernuda seguía las rutinas con puntualidad. Se levantaba a las seis de la mañana, bajaba a prepararse el desayuno y luego subía a trabajar en su cuarto. Era muy extraño que a las ocho de la mañana aún no hubiera bajado.

Pero ¿cómo fueron las últimas 24 horas del poeta sevillano? Es curioso, pero en los días previos a su muerte Cernuda había tenido gestos algo curiosos, insólitos en él, casi extravagantes en su biografía de solitario. Contaba Concha Méndez que su amigo recordaba constantemente historias familiares, mostraba fotografías de sus padres e incluso había decidido hacer fotocopias de esas imágenes para que el paso del tiempo no las deteriorara más. 

Algo más inquietaba al poeta. Ese otoño había descartado impartir clases en la Universidad de California simplemente porque le exigían que pasara un examen médico. "Yo ya estoy viejo para someterme a la humillación de que me pongan en paños menores", había argumentado en una entrevista. Pero había otras razones. Su amigo el escritor también exiliado en México Max Aub había hablado con él sobre el asunto e interpretó que la evasiva se debía a otras circunstancias: "Lo achaqué a manía; seguramente era algo más: no quería saber".

De hecho, poco antes había acudido a una revisión de la vista y el oculista le aconsejó que acudiera al cardiólogo después de observar el fondo de su ojo. Cernuda sabía que algo podría ocurrirle con el corazón porque sus hermanas habían muerto a causa de un infarto rozando la edad que él ya tenía.
La mañana anterior al día de su muerte, el poeta había ido al cine. Era una de sus aficiones preferidas. En el cine de Coyoacán vio Divorcio a la italiana, de Pietro Germi, con Marcello Mastroianni, y le gustó tanto que durante el almuerzo propuso a Paloma Altolaguirre volver a verla con ella. Luego se retiró a su habitación como hacía todas las tardes. 

En la víspera del día de su muerte, Luis Cernuda había escrito una carta al investigador Derek Harris. Una carta que recogida en el epistolario que James Valender recopiló en 2003 y que aparece encabezada con la dirección de la casa de Concha Méndez: Tres Cruces, 11. Coyoacán, México D.F. Última casa del poeta errante que había encontrado en México otra patria de su lengua tras residir en Inglaterra o Estados Unidos. En la carta el poeta explica a Harris algunos detalles y comentarios sobre dos poemas de Las nubes y además aprovecha para repasar con su habitual mal carácter algunos asuntos y personajes. "Lo mejor que puede hacer sobre ese señor cretino Durán y Gili es no hacer caso de él", escribe refiriéndose al autor del libro El superrealismo en la poesía española contemporánea. "(...) Las traducciones las llevé a cabo por necesidad de ganarme algún dinero (poco, dadas las costumbres groseras y salvajes de los editores españoles), sin que yo eligiese obras ni autores a traducir, sino la estupidez ignorante de los editores". El propio Derek Harris, que recibió la carta cuando el poeta ya había muerto, recordaba en su ensayo sobre Luis Cernuda la confesión que el poeta hizo poco antes de su muerte: "Conozco la reputación de que gozo como persona difícil y complicada".

Sin embargo, este perfil de raro e intratable contrastaba con la estupenda relación que mantenía con Concha Méndez y su familia. De hecho, los hijos de Paloma Altolaguirre adoraban al poeta, jugaban con él a menudo y además era el encargado de llevarlos cada mañana al colegio. Para evitar que los niños lloraran por su muerte les dijeron que Cernuda había tenido que marcharse para impartir unas conferencias en Veracruz, pero que regresaría por Navidad.

Pero regresemos al cuarto en el que yace muerto el poeta. El escritor Antonio Rivero Taravillo, autor de una de las más completas biografías sobre Cernuda, reunió algunas impresiones de los que acudieron al entierro o visitaron el velatorio. Es curiosa la descripción que la periodista Cuqui Rivero hizo sobre la habitación del poeta, un lugar pulcro sin apenas decoración, con las paredes desnudas y unos pocos muebles imprescindibles. Un cuarto minimalista, austero y casi ascético, el dibujo de la biografía de un hombre eternamente errante, exiliado perpetuo, incómodo ante todo asiento y permanencia, con escasas cosas que llevar en la maleta de viajero. "Cuando abrimos la puerta del cuarto nos dio la impresión de que estábamos entrando en la celda de un monasterio. Parecía que de un momento a otro iba a entrar el poeta protestando porque habíamos violado su intimidad".

El escritor Francisco Giner de los Ríos evocaba así el velatorio del poeta, una ceremonia fúnebre que ya comenzaba a repetirse con demasiada frecuencia entre los españoles del exilio: "Vamos al velorio del edificio Gayosso en las calles de Sullivan como en tantas otras muertes españolas". Allí coincide con el poeta mexicano Carlos Pellicer y con un joven llamado Guillermo Fernández. Ambos habían quedado ese mismo día para almorzar con Cernuda. El joven incluso se había trasladado desde otra provincia para conocer al gran poeta español. 

Luis Cernuda fue enterrado el 6 de noviembre por la mañana en el Panteón Jardín del cementerio de México, donde yacen otros españoles del exilio. El jardín de la memoria dispersa, heterodoxa, de la otra España o de la España que no pudo ser. Según el inventario fúnebre, el poeta se encuentra en la fosa 48, fila 4, sector C. En la lápida: "Luis Cernuda Bidou. Poeta. Sevilla 1902-México 1963". Como él escribió un día: "Nadie podrá ya evocar para el mundo lo que en el mundo termina contigo".


1 nov 2013

Luis Cernuda : A UN POETA FUTURO





No conozco a los hombres. Años llevo
de buscarles y huirles sin remedio.
¿No les comprendo? ¿O acaso les comprendo
demasiado? Antes que en estas formas
evidentes, de brusca carne y hueso,
súbitamente rotas por un resorte débil
si alguien apasionado les allega,
muertos en la leyenda les comprendo
mejor. Y regreso de ellos a los vivos,
fortalecido amigo solitario,
como quien va del manantial latente
al río que sin pulso desemboca.

No comprendo a los ríos. Con prisa errante pasan
desde la fuente al mar, en ocio atareado,
llenos de su importancia, bien fabril o agrícola;
la fuente, que es promesa, el mar sólo la cumple,
el multiforme mar, incierto y sempiterno.
Como en fuente lejana, en el futuro
duermen las formas posibles de la vida
en un sueño sin sueños, nulas e inconscientes,
prontas a reflejar la idea de los dioses.
Y entre los seres que serán un día
sueñas tu sueño, mi imposible amigo.

No comprendo a los hombres. Mas algo en mí responde
que te comprendería, lo mismo que comprendo
los animales, las hojas y las piedras,
compañeros de siempre silenciosos y fieles. 
Todo es cuestión de tiempo en esta vida,
un tiempo cuyo ritmo no se acuerda,
por largo y vasto, al otro pobre ritmo
de nuestro tiempo humano corto y débil.
Si el tiempo de los hombres y el tiempo de los dioses
fuera uno, esta nota que en mí inaugura el ritmo
unida con la tuya se acordaría en cadencia,
no callando sin eco entre el mudo auditorio.

Mas no me cuido de ser desconocido
en medio de estos cuerpos casi contemporáneos,
vivos de modo diferente al de mi cuerpo
de tierra loca que pugna por ser ala
y alcanzar aquel muro del espacio
separando mis años de los tuyos futuros.
Sólo quiero mi brazo sobre otro brazo amigo,
que otros ojos compartan lo que miran los míos.
Aunque tú no sabrás con cuánto amor hoy busco
por ese abismo blanco del tiempo venidero
la sombra de tu alma, para aprender de ella
a ordenar mi pasión según nueva medida.


Ahora, cuando me catalogan ya los hombres
bajo sus clasificaciones y sus fechas,
disgusto a unos por frío y a los otros por raro,
y en mi temblor humano hallan reminiscencias
muertas. Nunca han de comprender que si mi lengua
el mundo cantó un día, fue amor quien la inspiraba.
Yo no podré decirte cuánto llevo luchando
para que mi palabra no se muera
silenciosa conmigo, y vaya como un eco
a ti, como tormenta que ha pasado
y un son vago recuerda por el aire tranquilo.
Tú no conocerás cómo domo mi miedo
para hacer de mi voz mi valentía,
dando al olvido inútiles desastres
que pululan en torno y pisotean
nuestra vida con estúpido gozo,
la vida que serás y que yo casi he sido.
Porque presiento en este alejamiento humano
cuán míos habrán de ser los hombres venideros,
cómo esta soledad será poblada un día,
aunque sin mí, de camaradas puros a tu imagen.
Si renuncio a la vida es para hallarla luego
conforme a mi deseo, en tu memoria.

Cuando en hora tardía, aún leyendo
bajo la lámpara me interrumpo
para escuchar la lluvia, pesada cual borracho
que orina en la tiniebla helada de la calle,
algo débil en mí susurra entonces:
los elementos que aprisiona mi cuerpo
¿fueron sobre la tierra convocados
por esto sólo? ¿Hay más? Y si lo hay ¿adónde
hallarlo? No conozco otro mundo si no es éste,
y sin ti es triste a veces. Ámame con nostalgia,
como a una sombra, como yo he amado
la verdad del poeta bajo nombres ya idos.

Cuando en días venideros, libre el hombre
del mundo primitivo a que hemos vuelto
de tiniebla y de horror, lleve el destino
tu mano hacia el volumen donde yazcan
olvidados mis versos, y lo abras,
yo sé que sentirás mi voz llegarte,
no de la letra vieja, mas del fondo
vivo en tu entraña, con un afán sin nombre
que tú dominarás. Escúchame y comprende.
En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
tendrán razón al fin, y habré vivido.