13 jun 2014

Imágenes paternas en la poesía de César Vallejo



Marco Martos


No necesitamos ser versados en psicología o en psicoanálisis para percibir que en su relación con el padre el hijo tiene distintas imágenes que varían de acuerdo a los grados de madurez que va alcanzando. De modo simplificado puede decirse que ve a su progenitor primero como un Dios, fuente máxima de poder, símbolo de la ley, con facultades inmensas para castigar o premiar, después como un gigante con atributos disminuidos de la deidad, y, finalmente, como un hombre con todas sus virtudes y flaquezas, que es juzgado despiadadamente pero con el cual es posible reconciliarse.

Si todo esto es verdad en el campo de las relaciones humanas, lo es de un modo muy intenso y simbólico en el terreno de la poesía donde el inconsciente se expresa con muy poco control en esa especie de duermevela que caracteriza a toda expresión artística. En uno de sus poemas más hermosos Jorge Eduardo Eielson ha escrito:

yo no sé por qué
mi madre hablaba siempre
de mi padre
como de un caballo
grande y silencioso
como un perro
o de un perro grande
y silencioso
como un caballo
la verdad es que mi padre
era tan alto
y encendido
que me era difícil mirarlo
y cuando lo miraba
me caía el sol en la garganta.

(Poesía escrita, Lima: INC, 1976)

En pocos textos de la poesía peruana aparece el padre con sus atributos instintivos con tanta fuerza; al mismo tiempo, como contraparte, está la admiración del niño con esa bellísima imagen de estar recibiendo el sol sobre la garganta.

El texto de Eielson que hemos citado puede ubicarse en el primer rango de la relación del hijo con el padre. El niño queda deslumbrado por la energía del progenitor; no se muestran en cambio otras características de éste último como sujeto dominante de la relación.

Otro poeta peruano que se ha ocupado de la relación con el padre es Pablo Guevara. En el texto titulado justamente Mi padre el poeta describe al progenitor en su lucha diaria, con virtudes y defectos. Hay ciertas huellas mnémicas de la primera admiración. El padre "Tenía un gran taller. Era parte del orbe... Fue bueno... todo creció con él". Es visto también como amigo de sus amigos, para usar la expresión de Jorge Manrique, pero también como un bebedor:

Entre cueros y sueños y gritos y zarpazos,
él cantaba y cantaba o se ahogaba en la vida. Con Forero y
Arteche. Siempre Forero, siempre
con Bazzetti y mi padre navegando en el patio
y el amable licor como un reino sin fin.

La presentación del padre en su cotidianidad tiene como rasgo característico la mirada benévola del hijo. Por muy escondido que esté. el poema pertenece al rango de la reconciliación y de alguna manera prueba que es en la decadencia del padre, en el descenso de su poder físico, que se produce el reencuentro con el hijo. En su propio proceso de madurez el poeta tiene una especie de nacimiento el día que muere el padre:

Pero algo fue muriendo, lentamente al principio;
su fe o su valor, los frágiles trofeos, acaso su pasión,
algo se fue muriendo con esa gran constancia
del que mucho ha deseado.
Y se quedó un día, retorcido en mis brazos,
como una cosa usada, un zapato o un traje,
raíz inolvidable quedó solo y conmigo.
Nadie estaba a su lado. Nadie.
Más allá de la alcoba, amigos y familia,
qué se yo lo estrujaban.
Murió solo y conmigo. Nadie se acuerda de él.

(Retorno a la creatura. Madrid: Cooperación Intelectual, 1957)

Sirvan estos ejemplos, el de Eielson y de Guevara, de una introducción para uno de los temas capitales de la poesía primigenia de César Vallejo que no ha sido visto a cabalidad. Cuando hablamos de la relación de Vallejo con el padre queremos también ver la entrelinea de los aspectos simbólicos. De esta manera podemos encontrar un hilo conductor capaz de esclarecer los tópicos aparentemente contradictorios que saltan a la vista cuando cotejamos varios poemas. La primera cuestión que conviene resaltar es que el tema del padre, la imagen del padre, nos catapulta al tema religioso y por lo tanto a Dios mismo. En el libro Los heraldos negros, aparecido en 1919, el conocido texto inicial que presta su nombre a todo el volumen tiene una mención a Dios, pero el atributo que lo acompaña es la capacidad de odio. Como el texto es bastante conocido no necesita ser citado aquí. Baste señalar que las causas de los golpes tan fuertes permanecen finalmente desconocidas para el poeta, esos golpes son: como del odio de Dios", o "tal vez los potros de bárbaros Atilas; / o los heraldos negros que nos manda la muerte".

De otro lado, se concibe esos golpes como "las caídas hondas de los Cristos del alma/, de alguna fe adorable que el Destino blasfema/". Estableciéndose así la distinción entre la divinidad como totalidad y los Cristos que caen y que están, colegimos, más asociados al hombre, esta "fe adorable" que se quiebra, en el campo de la simbología podemos remitirla a la fase de enfrentamientos entre el hijo y el padre todopoderoso.

En este poema liminar que podemos asociar con "Espergesia", la composición que cierra el libro, puede advertirse que la creación literaria está asociada a una emoción muy fuerte.a un auténtico sufrimiento personal; el trasfondo filosófico es un radical pesimismo. Se ha mencionado a Kierkegaard como una posible lectura de nuestro poeta. Más conveniente parece mirar una posible relación con Schopenhauer, autor favorito de muchos modernistas y del que circulaban ediciones en castellano.

 Pero sin remitimos a la tradición filosófica y quedándonos únicamente en la literatura, Vallejo es uno de los exponentes más intensos de la línea negadora de la vida, que en castellano tiene una larga tradición que viene de Calderón de la Barca y Quevedo y se prolonga en el siglo XX en Unamuno. Es la concepción del nacimiento como el delito mayor del hombre. Y siendo así, envuelve tanto al creador como al creado, al padre y al hijo, a Dios y sus creaturas. Esta visión desolada de la vida nos sirve bien como telón de fondo interpretativo tanto de "Los heraldos negros" como de "Espergesia". Si el acto mismo de concebir un hijo es defectuoso, la afirmación que asocia culpa a sufrimiento es válida para el hombre como especie, como ocurre en el primer caso, o para el propio poeta como individuo, como puede leerse en el poema final. Y mientras en el primer poema está presente como una sombra un Dios castigador, en "Espergesia" hay una actitud descriptiva que se priva de calificar a Dios que "estuvo enfermo/, grave" el día que nació el poeta. Vallejo asume la idea de un nacimiento dañado, sin la protección de Dios. El arte en numerosas ocasiones nos muestra el inconsciente de un modo bastante palpable a simple vista. Vallejo fue el último de once hermanos y le llamaban "shulca", lo que significa que su propio padre fue una especie de progenitor-abuelo. Justamente el poema "Enereida" que antecede a "Espergesia" describe al padre anciano, con setentiocho años, que está desconocido, frágil, y es una víspera. La pena por el padre significa también una reconciliación. Hay también la imaginación de una especie de futuro que recoge el pasado, donde será año nuevo, habrá empanadas. El texto termina con una invocación, "oh padre mío". Obsérvese que este procedimiento de mezclar los tiempos y los espacios será muy característico de la poesía posterior de Trilce pero que más allá de corrientes literarias es característico del sueño, y es llamado "condensación".

Si la visión pesimista está en todo el manojo de poemas que constituyen el libro y tiene su más cabal expresión en los textos que abren y cierran el volumen, el conflicto con Dios aparece transparentemente en "Los dados eternos", composición dedicada a Manuel González Prada. La ocasión en este artículo es propicia para marcar una diferencia de Vallejo con el maestro. González Prada incluye su ateísmo dentro de una concepción global positivista y anticlerical; Vallejo, en cambio, en este poema no discute la existencia de Dios, dialoga sí, agresivamente con él, justamente como hace un hijo con un padre, mezclando reproches con enfrentamientos:

Dios mío estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado;
tú no tienes Marías que se van!
Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre; el Dios es él!

En este como en otras composiciones aparentemente divergentes hay una constante: Dios mientras más se parezca al Dios severo del antiguo testamento (al que castigó a Moisés o el que sometió a prueba a Abraham o a Job) es visto con una actitud de separación, de rechazo, de enfrentamiento. Pero existe en los textos otra imagen de Dios, la humanizada, la que está en el fondo del suertero que vende la lotería o la de la divinidad que habita al propio poeta, el Dios amigo, humanísimo:

Dios
Siento a Dios que camina
tan en mí, con la tarde y con el mar.
Con él nos vamos juntos. Anochece.
Con él anochecemos. Orfandad...

Pero yo siento a Dios. Y hasta parece
que él me dicta no sé qué buen color.
Como un hospitalario, es bueno y triste;
mustia un dulce desdén de enamorado:
debe dolerle mucho el corazón.

Como puede advertirse en las estrofas copiadas la presencia de Dios dentro del propio poeta lo humaniza sí, pero también le hace perder una característica, la del padre protector. Si no fuere así no aparecería ese término "orfandad".

En todo el libro Los heraldos negros, las menciones a Dios son 30, al padre físico 9, al Señor 6 y a Cristo 3. La relación con la divinidad es conflictual, pero la aspiración es resolver la contradicción:

Amor contra el espacio y contra el tiempo!
Un latido único de corazón;
un solo ritmo: Dios!

En la poesía posterior de Vallejo van desapareciendo las imágenes paternas. O, mejor, van transformando su presencia. Aparentemente queda saldada, olvidada toda relación con el padre como portador de la ley. Apenas si hay en Trilce algunas referencias "a los mayores siempre delanteros" (III) o "Ha de velar papá rezando" (LXI). Pero la alusión más interesante está en el poema LXV dedicado a la madre llamada "muerta inmortal". Allí se dice:

Así muerta inmortal. Así.
Bajo los dobles arcos de tu sangre, por donde
hay que pasar tan de puntillas, que hasta mi padre
para ir por allí,
humildóse hasta menos de la mitad del hombre,
hasta ser el primer pequeño que tuviste.

De esta manera la reconciliación con el padre llega a su expresión más rotunda. El poema expresa bien la fantasía infantil de considerar a todos los miembros de una familia, padre incluido, como hijos de una misma madre. Zanjada la relación con el padre colocado para siempre en un nivel compartido con el poeta, el conflicto edípico se resuelve también en poesía. Disminuido ese rival tan poderoso, las referencias al padre serán cada vez menores en la poesía posterior de Vallejo. En Poemas (1923-1938) todavía dirá sin embargo: "La mujer de mi padre está enamorada de mí" pero aquí el centro de la acción será trasladado a la madre. Tremebundo como a veces era, Vallejo no deja de tener sentido del humor.

El tema de Dios, proyección de las imágenes paternas, casi desaparece de la poesía última de Vallejo. Las causas externas son bastantes conocidas. Vallejo se hizo militante comunista y asumió la militancia como una fe. La causa interna es, a nuestro juicio, la resolución del conflicto con el padre en la propia vida del poeta, aquello que se llama con una palabra que encierra muchos significados, madurez. Sin embargo la imagen del adulto castigador permanecerá para siempre en el inconsciente del poeta que, obviamente, vivió en un eterno presente:

César Vallejo ha muerto, le pegaban
 todos sin el que les haga nada;
 le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

Vallejo, como lo ha dicho Max Silva, tuvo siempre actitud de "apaleado". Los golpes reales que recibió en su infancia, que probablemente recibió más de sus hermanos mayores que de su propio padre, quedaron grabados a fuego en su memoria y en su inconsciente.

A lo largo de estas cuartillas hemos venido tratando el tema de Dios como una prolongación de las imágenes paternas internalizadas en el propio poeta. No se nos escapa que esta es una visión parcial del asunto. Vallejo vivió inmerso en una cultura cristiana y muchas de las imágenes que utiliza a lo largo de toda su producción necesitan de un conocimiento bíblico algo más que elemental. Es importante a nuestro juicio negarle razón a toda bandería que quiera tener exclusividad religiosa o política del poeta. Vallejo tuvo como cualquier persona radicales contradicciones que nos lo hacen más humano; una de ellas fue el aspecto religioso ya no en la poesía solamente sino en su fuero más íntimo: era marxista ya el que pidió hacer una misa al Apóstol en 1929 como consta en una carta que mandó el 18 de junio de ese año a su hermano Víctor. Tenía caridad cristiana en el sentido de amor, el marxista que escribió:

¡Amado sea el que tiene chinches,
el que lleva zapato roto bajo la lluvia,
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,
el que se coge un dedo en una puerta,
el que no tiene cumpleaños,
el que perdió su sombra en un incendio,
el animal, el que parece un loro,
el que parece un hombre, el pobre rico,
el puro miserable, el pobre pobre

Si pensamos estrictamente en términos de poesía, este texto está hecho con imágenes antitéticas que tienen su origen en el conceptismo quevediano; si pensamos en términos filosóficos, es un poema dialéctico; si pensamos en términos religiosos es un poema que es puro amor por los semejantes.

Frente al padre o frente a Dios Vallejo tuvo las distintas actitudes que hemos venido señalando en estas páginas, de niño que busca protección, de adolescente o de adulto joven que entra en conflicto y lo resuelve reconciliándose. En su última etapa Vallejo se va quedando con la imagen de la madre a la que identifica con España y después con toda la humanidad. Pero en él queda un trasfondo de soledad, ya no de niño, sino de hombre adulto. El poeta se despide de todo:

¡Adiós hermanos san pedros,
 heráclitos, erasmos, espinozas!
¡Adiós tristes obispos bolcheviques!
 ¡Adiós gobernadores en desorden!
 ¡Adiós vino que está en el agua como vino!
¡Adiós alcohol que está en la lluvia!

Es sintomático que use palabras del universo familiar, religioso, filosófico y político. Prueba de que vivían todas estas categorías con parecida intensidad. Adulto hasta el tuétano, Vallejo había logrado ser su propio padre. Lo que queda sin explicar y todavía nos maravilla es cómo pudo tener tanto talento.


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